domingo, 3 de abril de 2011

Recuerdos simpáticos I: el arroz.

Mis domingos nunca se sienten como domingos porque los lunes no tengo clases; mis domingos siempre se sienten como sábados. Podría suponerse que, igual que ponerse los chones de elástico aguado (o las tangas en época de boxers, o los boxers en la de tangas) es señal de que no queda más ropa limpia y hay que lavar, que comer arroz blanco cuatro días seguidos es signo irrefutable de que no hay nada más ni en el refri ni en la alacena y que es tiempo de ir al súper. Y en efecto, hoy en la nevera quedaba una cebolla morada y unos chiles, un frasco de mermelada y todos los ingredientes necesarios para hacer sopa de aderezos (o sea, puros aderezos).
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Cuando estaba en Hermosillo, MLCH (you're still MLCH) y yo teníamos una especie de chiste local: los estudiantes de maestría son tan pobres que sólo les alcanza para comer arroz, compran kilos y kilos porque es barato y llenador, cuando yo esté en Colombia, seguramente voy a comer arroz todos los días.
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En Colombia, comer arroz blanco es como comer tortillas en México: en todas las casas y en todos los restaurantes, en el almuerzo y como tentempié merendero. Hay gente que, incluso, acompaña la pasta con arroz. Una vez hice gallina pinta y P. y M. le echaron arroz.
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Aquella plática que nos acompañó en el coche, por el Navarrete, por el Colosio, en algún bar, y, probablemente, en otros varios lugares, fue como una profesía: en los últimos dos meses he comido más arroz que en toda mi vida, la pega ahora es algo súmamente preciado para mí, cuando vamos al súper compramos bolsas de 5 kilos y en el refri o sobre la estufa, siempre hay una ollita esperando.

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