sábado, 16 de abril de 2011

Del guayabo.

Eusebio Ruvalcaba decía que la mejor prueba que podía pasar un texto era que lo disfrutaras estando crudo. Él, que supongo ha sometido a esa prueba una innumerable cantidad de cuentos, poemas y novelas, decía que la resaca lo vuelve a uno súmamente sensible. Por eso el ruido molesta y el olor a fritanga da náuseas, pero esa sensibilidad cuenta también para las cosas buenas. Según Ruvalcaba un gran poema se disfruta más estando crudo que no estándolo: uno es más suceptible al rítmo, a las imágenes, uno entiende más o cree entender mejor... un texto que se te antoja leer mientras tienes resaca es, según él, un texto ideal, perfecto -en el sentido más personal y literario de la perfección.

Supongo que lo mismo pasa con las ciudades.

Anoche el Club de la arepa sesionó en casa de G. Budweiser en oferta de Pomona, aguardiente unos y whisky otros; yucas, habas, patacones y cacahuates japoneses (o maní moto); la UNAM, Dussell, el género en las novelas y en la salsa y los proyectos futuros; la guitarra con una cuerda menos, los Beatles y Shakira. El taxi de regreso.

Y hoy, las calles de Bogotá se veían más lindas que de costumbre, las gotitas de lluvia sobre la cara y el aire frío que daban ganas de acabárselo todo, de respirar tan profundo que cada célula de Azuvia tuviera un pedacito de la ciudad para que así estuviera siempre en mí. La luz, los colores, incluso los sonidos se acomodaban mientras iba caminando: el ritmo y las imágenes poéticas estaban ahí.

Sin duda alguna, esta ciudad ha pasado la prueba del guayabo.

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