domingo, 3 de abril de 2011

Recuerdos simpáticos II: los temblores.

Ir al kinder en la ciudad de México después del '85 siginificaba asistir a kermeses en las que la gente comía donas que colgaban de hilos sin meter las manos, tener maestras cuyo copete las hacía ver 15 centímetros más altas y hacer, una vez al mes, simularcos de terremoto.

"No corro, no grito, no empujo" era el lema que repetían cada vez que sonaba la campana y teníamos que salir ordenadamente de nuestro salón para acomodarnos en el patio central de aquella escuela en el Ajusco.

A mi, la verdad, siempre me ha gustado el argüende y, claro está, un simulacro era algo mucho más cercano al argüende que al procedimiento del cual podría depender mi vida. Pero, eso sí, me lo tomaba muy en serio: "hoy tuvimos simuleto", llegaba y les contaba a mis papás "y Miss Kiki y Miss Karin nos dijeron que no corro, no grito, no empujo"... Lo que había que hacer era, una vez en el patio, agacharnos -de pinicuchi- (como años más tarde lo haría en la plancha del Zócalo para la foto de Tunick) y cubrirme la nuca con las manos (siempre hay que proteger la nuca porque nos puede caer un ladrillo y desnucarnos)...

Hace unos días me acordé de los simuletos, o más bien, mi mamá me los recordó porque, hace unos días, tembló en Bogotá. Fue un temblorcito, a penas unos segundos, una sacudida a la cama y unas cuantas ondas en el vaso con agua.

El problema aquí es que yo vivo en un séptimo piso y sé que tratar de bajar las estrechísimas escaleras en caso de emergencia haría imposible poner en práctica el lema que muy bien aprendí en mi infancia, así que, no me queda más que esperar que no tiemble muy fuerte o, ya de perdida, esperar que si el edificio ha de colapsar que sea debajo de mí y no sobre mi -bien protegida por mis manos- nuca.

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