viernes, 29 de abril de 2011

¡Por fin, señoras y señores! ¡He aquí la tan esperada (¿o anunciada?) entrada sobre la semana santa en Argentina!




Domingo 17 de abril.

La ventaja de llegar al aeropuerto tres horas y media antes de la salida del vuelo es que, aún en víspera de vacación, la fila para documentar y la fila para pasar migración consiste en dos o tres hombres viajando solos, una pareja con poco equipaje y nadie más; cero mujeres con chorrocientos mil niños tratando de pasar todas-y-cada-una de sus maletas, mochilas, bolsas y pañaleras por los rayos equis mientras tratan de decidir si tomar de la mano al hijo o a la abuelita.

"-¿Hace cuánto que está en Colombia? -Tres meses, vivo aquí. -Perfecto, pase usted" y después de esas palabras, la emoción incomparable que da entrar en las tiendas del Duty free. Tengo que confesar que soy un blanco fácil: la luz blanquísima, el piso reluciente y las filas y filas de perfumes, cigarros y botellas de alcohol perfectamente alineadas crean un efecto hipnótico en mí y su estrategia de mercado -el que uno se sienta exlusivo porque, ash, o sea, como viajo internacional, puedo comprar coas sin impuestos, ¿ves?- surte el efecto esperado en mi pobre y alienada persona.

El balance final: la embriagadora e irresistible versión de invierno del Very Irresistible, un paquete de Camel, una cremita para manos de Crabtree (sí, ya se, soy espantosa) y una botella de tequila para el tío.

En el avión intenté leer a Piglia pero no pude, la primera parte de La ciudad ausente fue suficiente para darme cuenta que no estaba en mood Piglia. En cambio, y a pesar de que podía imaginarme el regaño de Ed. por no haber elegido al escritor, comencé con Murakami. Por alguna razón, la idea de un bosque cubierto de nieve en algún lugar perdido de Japón en los sesenta, amores y suicidios adolescentes, tazas de té y miso soup y de some girl that I once had, or should I say she once had me, se sentía como algo mucho más cercano.

Una hora de retraso, seis horas de vuelo y una hora entre migración, cambio de divisas y aduana después y, al abrirse las puertas de la sala de llegadas de Ezeiza, ahí estaba E. Abrazo eterno, chismes para romper el hielo de los cinco años sin vernos y taxi hacia el departamento. Al llegar, las roomies y la adorable y hermosa Bruna. Cerveza negra en Antares con show incluído: una porteña pidiéndole cuentas (cuentas, no la cuenta... ja) a una de las meseras del bar por estar involucrada amorosamente con su marido.


Lunes 18 de abril.

Despertada muy muy tarde, baño con agua muy muy caliente, más Murakami.

E. y yo caminamos de su casa a Alto Palermo. Mientras él arreglaba sus asuntos, yo recorrí la misma calle varias veces. No era sólo que las vitrinas de las zapaterías resultaran súmamente atractivas, sino que al salir de las tiendas no podía recordar si, para seguir el camino por donde venía, tenía que ir hacia la izquierda o a la derecha. Después de un par de tiendas y un par de cambios de dirección, no tenía idea de hacia dónde debía de ir. Después de la tercera vez que pasé frente a una tienda de sábanas y toallas, como ya se acercaba la hora de encontrarme con E., decidí preguntar.

A las 12:30 de la noche estaba en el anden de Retiro (en donde había una propoción de 1:2 entre pasajeros y homeless) para tomar el autobus a Mar del Plata.


Martes 19 de abril.

A las seis de la mañana me despertó el chofer del autobus para decirme que ya habíamos llegado a Mardel. A los poquísimos minutos de esperar sentada en un cafecito de la terminal (y antes de que el mesero me dejara la carta y preguntara qué quería tomar) llegaron los tíos. Más abrazos eternos y mucho mucho frío.

Fuimos a desayunar café con leche, mediaslunas y pan con mantequilla. (Mom: el síntoma inequívoco de que tu hija está cambiando es que ahora ama el pan con mantequilla y mermelada). Después de eso pasé la mañana más maravillosa con el tío: primero me llevó a la Villa Mitre, cuya visita habría valido la pena sólo por ser la casa de la viuda del hijo de mi querido general Mitre (el de mi Soledad), pero la que, para mi absoluto deleite, es ahora un museo lleno de abanicos, zapatos, sombrillas y reglas de urbanidad del siglo XIX marplatense. Después lo acompañé a entregar los hermosos germinados que él cultiva a varias fruterías de Mardel; cada entrega iba acompañada de historias sobre los hombres que atendían esos lugares. Cuando terminamos el recorrido lo acompañé al dentista, a la farmacia, a la feria de los huerteros, fuimos a que yo conociera el Centro Cultural América Libre y a que me enamorara del proyecto. Fideos y bifes para el almuerzo.

Por la tarde, mi tía, mi prima y yo paseamos por la costera. Me parecía increíble cómo había pasado todo, lo vertiginoso de los últimos meses, estar parada frente al Atlántico tan al sur. Una de las manifestaciones de lo cursi en mí tiene que ver con el mar. La última vez que estuve frente a él fue el día más difícil y más importante de mi vida y ahora, menos de un año después, me volvía a encontrar con él. Este no era el mismo mar, este era más frío y más violento, pero yo tampoco era la misma. Esta Azuvia, por el contrario, estaba en un lugar mucho más zen y muchísimo más amoroso.

Después de cenar algo parecido a un alambre (y la berenjena más deliciosa del mundo), de tomarnos fotos con la luna casi llena y de por poco morir de la risa debido a lo que concluímos eran los efectos psicotrópicos causados por la combinación de analgésicos con coca cola, me fui a dormir entre el ruidito del campo y las voces de los tíos. Doce horas después desperté. Hacía meses que no dormía tanto, hacía meses que no me sentía tan a gusto, tan ligera...

(Continuará...)

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