Una de mis grandes preocupaciones -una que repetía una y otra vez sentada en el consultorio de Marco- era mi incapacidad para hacerme de una rutina.
Típico: iba al súper y compraba kilos y kilos de naranjas porque decidía que todos los días tomaría jugo recién exprimido por las mañanas. Uno, dos, ¿tres? días y las naranjas se convertían en hogar de decenas de mosquitas de la fruta hasta que morían desintegradas. Más de una vez pagué inscripción, mensualidad y credencial para clases de baile a las que nunca regresé. Leer siempre por las noches, salir a caminar, estirarme y meditar por las mañanas: todas cosas que me he propuesto y que nunca he cumplido por más de unos cuantos días.
Sin embargo hoy me di cuenta que tengo una forma de hacer las cosas: siempre me pongo crema para peinar cuando salgo de bañarme aunque lo que vaya a hacer sea dormir, siempre señalo con un asterisco dentro de un círculo las ideas más importantes en mis apuntes o en lo que estoy leyendo (y si son muy muy importantes, agrego signos de exclamación a los lados), siempre que tomo café (o té) tomo más de una taza (a menos que tenga que pagar por él o esté en una casa donde no me ofrezcan una segunda), siempre que me pongo Carmex del tarrito, después de ponerme en los labios unto lo que me queda en el dorso de la mano izquierda, siempre que me siento cómoda en un lugar subo los pies a la silla (y me siento de mariposa en clases).
Tengo rutinas, rutinas para acicalarme, para leer, para pensar. Tengo rutinas y tengo libertad. Yo no podría, como mi maravillosa y amadísima abuela (la segunda mejor mujer en el mundo después de mi madre) cenar lo mismo todos los días: yo no soy así. Y tengo que dejar de sentirme mal por eso, lo importante no son las cosas que no hago porque yo no soy así, sino las que puedo hacer y ser más yo.
Estoy aprendiendo a conciliar y reconciliarme con la Azuvia que pasa horas en Flikr buscando imágenes bonitas, recortando y pegando listones y telitas para pegarlos en la pared, la que come mangos sin importarle que el cobertor de la cama quede lleno de manchas anaranjadas, a sentirme tan orgullosa de ella como de la que habla de Hegel en la clase de Teoría y la que sabe que es una buena maestra. Estoy aprendiendo a amar a la que piensa, la que escribe, la que se ríe, la que come, la que habla, a la que le duelen las cosas, la que recuerda, la que es fuerte y la que sabe que le quedan miedos por vencer; la Azuvia que cada vez se siente más cómoda en sus, sin duda alguna, bellísimos zapatos.
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