sábado, 14 de mayo de 2011

Yo nunca he sido...

la bonita. Cuando estaba en la secundaria todas mis amigas eran lindísimas a mis ojos, tenían el cabello lacio (me acabo de dar cuenta qué tan ajena a mí es esa palabra que nunca la había escrito) y brillante, sabían qué pedir en un restaurante para no perder la elegancia mientras comían y lograban verse tiernas y voluptuosas (por no decir buenotas) con esos horribles uniformes que a mí me hacían ver como tambo de 200 litros. A mí, la que vivía demasiado lejos para participar en las casuales reuniones vespertinas para ver Dawson's Creek y la que no iba a misa los domingos a Santa Elena, la única cuyos padres no votarían por Fox en el 2000.

Tampoco era la popular. Mi grupito (el combo, en colombiano) era uno de los dos más populares de la escuela: niñas bonitas e inteligentes, niños guapos y atléticos y yo. Yo era y no era. Eran mis amigos, festejábamos juntos los cumpleaños, platicábamos en el break y nos pasábamos papelitos en clase, pero yo era la única que (literalemte) no aparecía en el guión de la serie o película que una de ellas escribía, en el que todas las demás eran divertidos personajes que vivían divertidas aventuras. ´

Yo creía que iba a graduarme de esa escuela sin pena ni gloria, con un poco más de pena que de gloria, pero hacia el final del último año tuvimos que escribir, como proyecto final de Español, nuestra autobiografía. Y fui feliz. Escribí unos relatos en tercera persona en los que contaba cómo se conocieron mis papás, el encuentro con el Lizardi en el que fui poéticamente bautizada antes de nacer, y los intercalé con mi historia en primera persona. Al final incluí poemas, una lista de cosas que quería hacer antes de morir y mis canciones favoritas. Nuestras autobiografías fueron nuestros anuarios: los intercambiamos para leerlos y firmarlos. La mía la leyeron todas las maestras y las mamás de mis amigas y, cuando vi sus notitas, sentí por primera vez que eso era lo mío. Me di cuenta que mi autobigrafía a los quince años no era una tarea, sino la Anunciación de que las palabras serían la manera de relacionarme con el mundo y que, si yo brillaría de algún modo en la vida, sería por ellas.

En la ceremonía de graduación el director de la escuela nombró a los que habían destacado por sus méritos académicos, deportivos o culturales. Yo fui la más sorprendida cuando dijo mi nombre.

Años, muchos años después, gracias a las palabras, estoy en un lugar (literal y metafóricamente) en el que la niña de la falda tableada hasta la rodilla a la que no invitaban a jugar, ha quedado muy muy lejos.

2 comentarios:

  1. Me encantó, Azuvia, muy lindo el relato. La niña de falda tableada tal vez parezca quedar muy lejos en el tiempo, pero siempre llevamos dentro a su equivalente (no lejos, ni profundo, sino dentro). Lo que pasa es que en retrospectiva y con las adecuaciones necesarios, seguimos siendo esa misma personae (en latín, jeje), con la diferencia de que ahora nos sentimos orgullosos de ella (mi equivalente usó pantalones de mezclilla blancos, indecentemente ajustados y, conforme acumulaba centímetros, un tanto "pochis").

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  2. yo era la niña despeinada y con la falda chueca, a m no me nombraron al final de la escuela. tiruliruli!

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