
Hace casi ocho años fui a Argentina por primera vez. En el avión, comencé a escribir los poemas que terminaron siendo parte de una muy mala y poco merecida plaquette publicada, de la que aún conservo un par de ejemplares en el fondo de un cajón.
Sobrevolarse, se llamaba. Trataba acerca de cómo uno puede "serse" (un concepto mucho menos complejo de lo que parecía entonces: creer que se es de cierta forma y, así, darse forma. Un discurso, como diría Arturo Escobar, que da forma a la realidad de la que habla). Serse, además, era gozarse, disfrutar y complacerse.
Sobrevolarse era la ilusión de todo eso mientras uno se ve desde lejos, desde arriba, creyéndo que la altura da claridad pero sin darse cuenta que la distancia hace imposible sentir nada de verdad. Sobrevolarse era algo que sólo una niña de dieciocho cree que puede hacer.
El primer poema comenzaba diciendo que escribía por encargo ("porque él que no es él me lo pidió").
Escribir, desde hace un par de meses se convirtió en my thing. Ya no creo que soy escritora (poeta, menos... qué horror), ya no escribo para ser alguien, para sentirme especial y diferente. Ahora escribo porque me gusta, porque -ahora sí- siento que cuando no lo hago, me quedo con cosas adentro que se van enredando y van haciendo nuditos difíciles de desenmarañar, porque me gusta cómo se van acomodando las ideas y porque -ahora sí- puedo reconocerme en estas palabras.
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