La idea de un roadtrip normalmente implica un viaje en coche con varias paradas y desvíos. Mi viaje a Villa de Leyva empezó como un roadtrip en bus.
El camión, un "Rápido el Carmen", recogió al 90% de los pasajeros en la calle, unos subían y otros bajaban: fue como tomar un multirutas para llegar a Caborca. Zipaquirá, Ubate y Chiquinquirá ahora figuran en mi reperorio de pueblos "conocidos".
Después de seis horas, llegué a Villa de Leyva.
Al cabo de unas vueltas por las calles empedradas, encontré un hotelito donde quedarme. Un contingente de la ONU iba saliendo cuando yo iba llegando, supuse que sería una buena señal. Mientras arreglaban la habitación, en la plaza, comí una lasaña en cuenco (tazón de lasaña, ¿por qué no?), mientras una niña de no más de dos años se bajaba el pantalón y se quitaba el pañal en la mesa de junto. Poco antes de irme del restaurante, una mujer indígena llegó a entregar mazos de albahaca recién cortada; en segundos el olor había llenado toda la terraza.
Para el segundo día ya había aprendido que las calles empedradas hay que caminarlas levantando bien los pies; así uno no se tropieza cada diez metros.
En Villa de Leyva tuve mi momento Eat, Pray, Love, sólo que en mi caso fue eat, walk, read. Praying and loving is something I find myself always doing lately.
La segunda noche, mientras me tomaba una cerveza en la plaza, me di cuenta que uno empieza a ser de un lugar cuando reconoce como propias las canciones que suenan en el aire, las que no conocía antes de llegar y que ahora forman parte del soundtrack con los amigos.
En ese mismo lugar (el de la revelación musical), el mesero se acercó y me preguntó:
- "¿Quién escoge un bar con salsa y una cerveza para leer un libro?"
- "Alguien a quien le gusta leer. El libro es parte del escenario", le contesté.
El libro que leía -devoraba, diría, si no sonara tan cursi- y que tanto intrigaba al mesero era El ruido de las cosas al caer, de Juan Gabriel Vásquez, el colombiano que ganó el Alfaguara de novela de este año. Creo que gran parte de lo que me encantó del libro (y de leer el libro) es que narra, entre otras cosas, la historia de una gringa que llega a Bogotá en los setentas. Algo en mí se reconocío en la mezcla inseparable de familiaridad con extrañez de la protagonista al llegar a este país. Solté una carcajada cuando Elaine (Elena) Fritts mueve con la cadera el torniquete de la entrada del bus y me vi haciendo lo mismo. Dos veces el mesero me preguntó de qué trataba el libro. La primera respondí que era de una familia de pilotos, la segunda, que era una historia de amor. Ninguna pareció satisfacerle.
De regreso, el olor de las cáscaras de los mangos que me había comido por la tarde llenaba todo el cuarto.
El tercer día me levanté temprano, me bañé con agua muy muy caliente, me enchiné las pestañas, con calma, sentada en la cama, agarré mi libro y salí.
Tenía pensado dar una vuelta (otra más) por las calles de Villa de Leyva pero se me atrevesó un cafecito. Dos cafés con leche (pericos, en colombiano), un alfajor de café con arequipe, cigarros, solecito, Juan Gabriel Vásquez. Luego la parte más turística de mi viaje: la visita a la catedral y al museo Nariño. En la catedral metí el dedo a la pila de agua bendita e hice algo que hacía años que no hacía: me persigné con algo de convicción (-la sensación del agua en mi dedo duró más de lo que tarda el cuerpo en recuperar el calor que dejó en la pila-). En el museo recordé por qué el siglo XIX tiene tan pocos fans: con un guía como el que me tocó hasta yo quería gritar que qué me importaba si Nariño padecía afecciones pulmonares desde pequeño.
A las tres de la tarde salía el bus de regreso a Bogotá. Directo. Dos horas y media y estábamos entrando a la ciudad.
Epílogo.
Ser hija única ha hecho que disfrute mucho mi soledad. Cuando vivía en México me encantaba ir a desayunar chilaquiles al Sanborns de Coyoacán, comprar un café en El jarocho y sentarme a leer el periódico en una banca cerca de la fuente de los coyotes. Me sentía tan libre.
En cierto sentido, el viaje a Villa de Leyva ha sido el mejor de mi vida: cada minuto se sintió como uno de esos momentos mágicos de soledad y librertad.
No hay comentarios:
Publicar un comentario