A veces extraño Tucson.
Extraño las hamburguesas del In-n-Out a la una de la mañana, los paseos a las tiendas de ropa de segunda, ir al Twice-as-nice a intercambiar tres pantalones y una blusa por un vestido, Goodwill y Bookmans. Extraño el pho de Miss Saigon, la comida thai del lugarcito cerca de la Universidad, las sopas del café sobre Park Av. Extraño poder ir al súper y comprar moldes, masa instantánea, decorated paper cups, chochitos en forma de corazón y todo lo necesario para hacer professional looking cupcakes (aunque nunca los haya hecho).
Pero cuando de verdad me pongo a pensar en estas cosas, y pienso en que la mayor parte de eso lo hice estando y sintiéndome muy sola y que esas cosas eran mi consuelo para no volverme loca, pienso en lo maravilloso que un día será regresar a Tucson con mi mamá y con mi abuela, dormir en algún hotel como lo hacía antes, pasar por el 1510 E. 9th St. y ver de lejos la ventana de mi departamento cubierta por la enredadera. Pienso en lo maravilloso que será regresar al Tucson del shopping, después de haber vivido el Tucson de la amadecasaquetratadeescbirlatesis pero que en cambio ahora se sabe los nombres (y los parentescos, lo más complicado) de todos los personajes de One Life to Live y todas las soap operas de la mañana.
Así que a veces extraño Tucson y quisiera poder comer comida vietnamita, pero prefiero mil veces esta vida de arepas, arroz con pollo y patacones en la que no tengo ni idea de cuál es ni quién sale en la telenovela del momento y en la que, aunque lejos de mi familia, me siento más acompañada y querida que nunca gracias al skype, a M., P., Ed., S., MC, K. y un laaaargo etcétera.
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