
Tengo una consejera maravillosa. Y no es mi conciencia (definitivamente no es mi conciencia) ni la almohada, ni nada que se le parezca. Mi consejera maravillosa no es una metáfora sino que es una personita que me conoce muchísimo, con la que comparto años de recuerdos, el mismo gusto por los cinturones a la cintura y las bolsas bonitas y, por si eso fuera poco, compartimos cumpleaños. Hace veintimggjrr años (el número exacto se omite por respeto a ella... ja) estuvimos juntas por primera vez, nuestros cuneros, a unos metros de distancia.
Nos reencontramos hace diez años, esta vez en lugar de chambritas y gorros color pastel, usábamos faldas tableadas y morrales (ella, morral hippie, yo, morral fresa) y pasábamos las tardes sentadas debajo de un árbol: cigarros, pepsi y quesabritas (a veces, crujitos). De repente hacíamos love and luck spells y siempre hablábamos de hombres.
Después yo me fui a vivir lejos, pero siempre que regresaba, una llamada, una cita y los meses sin vernos desaparecían: cuatro horas de café o cervezas después y era como si no nos hubieramos separado nunca. Ella y yo sabemos decirnos todo. Sabemos consolarnos, regañarnos, emocionarnos, animarnos y sobre todo, sabemos querernos mucho. Esos años lejos me unieron más a ella. Volver a ella era parte de volver a casa.
Y le he aprendido tanto. Mientras el resto de nosotras sufrímos por una mirada no correspondida, por una palabra mal puesta, por todo lo que nos pasa o por lo que queremos que nos pase, ella siempre ha sido sabia, pinche changa sabia -decimos. Ella siempre ha sabido que en esta vida sólo debemos sufrir por lo estrictamente indispensable, que las oportunidades se toman con las dos manos (y con los pies), que uno siempre puede hacer lo que se propone, que ser feliz es estar a gusto y que el costeño sólo nada más no va.
Esta maravillosa consejera, en la última semana, me dio el valor para agarrar unas pinzas, acercar la luz y afinar bien bien la vista para sacarme una espinita que tenía un buen rato enterrada. Y cuando la espinita salió y dejó una roncha, sus palabras de sabia consejera, fueron pomada que conforta y alivia.
Esta hermosísima mujer sirvió como un médium entre m.l.c.h. y yo. Me dijo lo que yo no podía ver porque la distancia hace que todo se vea borroso, habló de pausas, de amistades enormes, de cosas reales y de abrazos que cruzan fronteras. Ella supo hacer lo que hace tan bien (y que nadie más puede): logró que me diera cuenta que las cosas no son tan complicadas, que todo está bien, que estoy bien, que estamos bien...
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