Ex. decía que estar con los niños del taller lo llenaba de energía. Tengo que confesar que en ese entonces yo no sólo no entendía sino que no estaba de acuerdo. Yo había estado antes frente a un grupo de más de diez niños -unos chiquitos y otros grandotes- tratando de hablarles de la vida mientras les contaba un cuento o los ponía a dibujar, y sí, me parecía divertido, emocionante, un poco aterrador también, pero nunca curativo. De hecho, respiraba aliviada cuando eso terminaba congratulándome de haber respondido simpática y apropiadamente a sus preguntas de niños.
Tengo que confesar, también, que me enojaba la idea de que fueran ellos y no yo los que lograban ese efecto en Ex., pero bueno, las cosas ahí eran mucho más complicadas, él había dejado de ser eso para mí y no se si yo alguna vez lo fui para él.
Pero ayer entendí a qué se refería. Aunque hay mucha diferencia entre niños de siete años abrazándote y diciéndote cuánto te quieren y universitarios interrogando para probarte, dar clases hace que salgas de ti y te entregues completamente a otros.
Media hora antes de mi clase no podía si quiera imaginarme entrando a ese salón -con esa pinta- a hablarles acerca de citas textuales y listas de referencias; sentía que en cada brazo y en cada pierna llevaba el peso de todos los silencios, todas las distancias, todas las preguntas. Un cigarro, una coca cola y una bocanada enorme de aire: ánimo mujer, it's gonna be great... (really?)
Y entre mujeres y nacionalismos, Soledad Acosta, La dominación masculina y género y bioética, mis alumnos citaron, y yo les platiqué de México y hablé de portadas y editoriales, y ellos fueron ocurrentes e inteligentes, y yo me reí, me reí mucho, y disfruté y me sentí ligera y me olvidé -por un rato- y fui una maestra feliz.
No hay comentarios:
Publicar un comentario