domingo, 16 de enero de 2011

Qué bonito se siente...

cuando, sea por coincidencia, sea por casualidad, sea por lo que sea, las cosas van cayendo en su sitio de un modo que podría confundirse con el destino. Y digo confundirse porque eso de creer en el destino es cosa que sólo les va bien a las protagonistas de las comedias románticas gringas. En el caso de una, el que un día haya hecho una promesa de changuito (cuando dos personas unen los dedos meñiques y se ven el corazón y las tripas mientras se ven a los ojos) con M. de que algún día irían juntas a Bogotá y que, tres años después, el resultado de la búsqueda en google de "maestría, literatura, género, siglo XIX" la lleve a una a esa ciudad prometida, es una enorme coincidencia. Que, además, M. viva en el barrio más conveniente para vivir mientras uno estudia en los Andes y que tenga un cuarto disponible para una, es una casualidad afortunadísima. Y si a esas coincidencias y casualidades se le suma el que, después de comprar un tapete para el baño que combina a la perfección con la nueva toalla de manos y con la toalla traída desde México, una se siente en su cama a hacer cuentas y tratar de convertir los miles y millones de pesos colombianos en decenas de pesos mexicanos y se encuentre, en uno de cincuenta mil, con la mirada de ese colombiano que escribió el primer romance nacional, y si además del rostro orgulloso y sobrio de Isaacs, una se encuentra con que en el billete aparece María, la muchacha que fue malecita y que murió de amor, una no puede sino sentir bonito, bien bonito.








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