sábado, 15 de enero de 2011

De cómo mis cálculos suelen ser acertados.

En contra de todos los pronósticos (porque resulta que no sólo mi mamá creía que no llegaríamos al aeropuerto a tiempo), a las 8:40 estaba yo parada en el pasillo que separa la entrada de Reforma 379 del elevador que conduce al Consulado de Colombia en México. Veinte minutos antes de lo previsto que sirvieron para ir por un latte (que no pudo ser frío como me hubiera gustado porque aún no termino de pagárselas todas a mi cuerpecito) y para platicar con el poli, del frío, de la naturaleza y del peligro que resulta para los oídos el viajar en avión cuando uno está enfermo.

A las 9:02 subí al Consulado y la mujer que el miércoles me había respondido con un tajante "el viernes de 3 a 5" cuando le pregunté que si mi visa no podía estar antes (una vez que me había dicho, "puedes pasar a recoger tu visa el viernes de 3 a 5"), me recibió con una gran sonrisa y me dijo "listo; aquí está tu visa y te voy a pasar el número de una señora que hace comida mexicana en Bogotá, porque cuando yo estaba allá no sabes lo que extrañaba la comida mexicana"... Cabe hacer la aclaración de que la mujer en cuestión, la empleada del Consulado, era, como se puede esperar, colombiana, lo cual no hace sino reforzar las maravillas y la popularidad de nuestra gastronomía (y en el fondo agregarle a la pregunta recurrente de ¿y porqué es que te vas a Colombia?...)

De vuelta en el taxi y con la visa en la mano, la cual, por cierto, tengo que ir a corregir el lunes a primera hora porque la mujer amante de la cocina mexicana y los cambios de humor me entregó un documento que, no conforme con decir que voy a estudiar a la Universidad de los ANDRES, vence el 30 de enero, de 2011... Pero de vuelta en el taxi: Circuito interior, parte de la ciudad de México por la que afortunadamente uno sólo pasa muy de vez en cuando y no a pie, estaciones del metro, un poco más de camino, puente y veinte minutos después de haber dejado Reforma estaba en la puerta de salidas internacionales de la T2 del aeropuerto. Muy a tiempo y sin mis maletas, porque en un plan alterno que logró tranquilizar a mi mamá (y darle un poco de confianza en que la Azuvia sí abordaría el 708 de aeromexico el viernes y no el sábado, o el domingo o quién sabe cuándo) mis maletas venían con mis tíos en otro carro que salió de la casa en Coyoacán a las 9 de la mañana y que se suponía que llegaría al aeropuerto antes que nosotras y que se formarían en la enorme fila en lo que yo llegaba con mi visa.

Corte a: 9:40, area de comida rápida del aeropuerto, desayuno con los tíos en lo que da la hora en la que abren el vuelo a Bogotá para poder documentar. Enchiladas de mole para las agruras y para no extrañar. Café, agua de horchata y té de jamaica por aquello de que hay que tomar muchos líquidos (y también para irme con la boca llena de deliciosos clichés mexicanos).

Después, inspecciones, Duty Free, maravillosa llamada sorpresa, espera, más inspecciones y por fin; asiento 21 F, ventana. Unas cuantas lágrimas y despegamos.

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