jueves, 30 de junio de 2011

Jueves por la tarde, o de cómo el siglo XIX y la comida me hacen feliz.

Hoy fue un día productivo... y sí, ya sé que a penas son las seis de la tarde y hablar del día en pasado suena medio exagerado, pero si me entrara un ataque de sueño repentino y cayera fulminada hasta mañana, me sentiría satisfecha con mi día.

Estuve trabajando un rato en María, leí pocas páginas pero se me ocurrieron cosas buenas y, lo mejor de todo, hacerlo me hizo sentir muy bien. Es chistoso cómo a uno se le olvida muy rápido la felicidad que provocan ciertas cosas (como espulgar las relaciones de género en las novelas del XIX) y en cambio, la sensación de coraje y hastío dura mucho mucho tiempo. Hoy me volví a emocionar cuando entendí que la idea romántica de la idealización del pasado está presente no sólo en el tono melancólico de la novela sino que a través de la memoria es que se construye la definición de lo bello (y, supongo, el proyecto de nación más utópico dentro de lo útopico porque sólo cabe en el recuerdo: la nación ideal es la que ya pasó pero nunca pudo ser).

Además empaqué todos y cada uno de los platos, vasos y tazas en cajas para dejar lista la cocina para las labores de reparación que le esperan (quién hubiera dicho que es increiblemente terapéutico cortar pedacitos de periódico y envolver con ellos la vajilla: una capa de papel, un plato, un doblez, papel, plato, papel).

Por si eso fuera poco tengo listo mi kit de supervivencia para el fin de semana: pipiolos de mora (o sea, gansitos de mermelada más oscurita que la original), pasabocas de bocadillo, maní moto, doritos, yogurt de pitahaya y sobrecitos clight de maracuyá (ya que me perdí del esponjado). Lo bueno es que las curvas son lo de hoy...

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