miércoles, 8 de junio de 2011

Altazor.



En los últimos días he leído varias veces el Prefacio de Altazor. No he podído leer más. En parte porque llego a mi casa y la sala con la telesota y los programas de vestidos de novias y cambios de look me atrapan más de lo que me gustaría reconocer. Pero principalmente porque no puedo dejarlo atrás, no quiero dejarlo atrás. Lo leo en voz alta (lo leo fuerte, como dirían acá), lo leo como lo primero que hago al despertar, lo leo sentada en una banca, e incluso, lo voy leyendo en mi cabeza mientras voy en el bus.

Sí, claro, no llegué a Altazor sola ni tampoco casualmente. El lunes, que nadie me avisó que era día festivo en Colombia y que todo estaría cerrado, después de recorrer la Colección de arte del Banco de la República y reafirmar mi amor por el arte religioso novohispano y mi absoluta indiferencia por los paisajes y retratos decimonónicos, terminé en la librería del Fondo de Centro Cultural García Marquez.

Sabía bien a lo que iba. En mi cartera estaba sólo la tarjeta con los pocos miles de pesos (colombianos, que en mexicanos son cientos, pocos cientos) que a estas alturas quedan de la beca, así que no podía darme el lujo de comprar todo lo que se me antojara (antojo no en el sentido de "todo lo que me diera la gana" sino todo aquello por lo que babeara y encogiera los deditos de los pies). Pero no. Sabía que podía comprar un libro y sabía que tenía que comprar un libro de poesía.

Revenge, something to prove him wrong, maybe.

El caso es que el antojo y el presupuesto tuvieron como desenlace a Altazor .

Mientras recorría los estantes chaparros del Fondo me acordé que hubo un tiempo en el que mis libreros, mis cuadernos y mi lengua estaban llenas de versos. Las maletas de la FIL de Guadalajara regresaban rebozantes de nuevas voces cubanas, catalanas y norteñas. Y mientras leía el Prefacio por primera vez, pensaba en que yo había castigado a la poesía por los malos poetas (los que no sabemos serlo pero nos encantan los reflectores). "Huye del sublime externo si no quieres ser aplastado por el viento, dice Huidobro.

Y a pesar de la insistencia en si son los poetas o es la poesía la que no me gusta ("lo que pasa es que, por ejemplo, para mí la poesía es muy importante", fue el comentario que inclinaba la balanza hacia el otro lado), a pesar de eso, hoy estoy convencida que poetas hay muy pocos y que poesía, en cambio, hay mucha en todas partes, y que hacer buenos poemas no te hace poético (ni mucho menos buena persona). Hoy me doy cuenta por primera vez que los poetas y "los verdaderos poemas son incendios. La poesía se propaga por todas partes, iluminando sus consumaciones con estremecimientos de placer y agonía".

Entonces, haya sido por dolor o por venganza, gracias por devolverme la poesía.

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