Al principio me pegó duro. Me pegó duro porque tenía la ilusión de que mis días sin clases estarían llenos de lecturas y de paseos de la mano, de tardes de películas y noches de música. Creí que tendría la fuerza de voluntad para levantarme e ir a la hemeroteca seis horas diarias, o a la oficina... pero no. Sola y desidiosa.
Hoy decidí salir. Salí y fue de esos días maravillosos en los que las cosas salieron tal como lo esperaba y así empecé a reconciliarme con el amor: el amor por esta ciudad, por su comida y sus calles.
Comencé el día en el museo de la Fundación Gilberto Alzate con una exposición que más bien no me gustó, pero hizo que me diera cuenta de que una de las cosas que amo de los museos bogotanos del centro es su arquitectura. Los pisos de madera, los techos de vigas altas, los patios centrales con flores y fuentes y los segundos pisos desde los que se ven los techos de teja.
Después llegué al Museo de Bogotá en donde la encargada muy amablemente me contó que estaban en cambio de exposición y que por lo pronto lo único que me podía ofrecer era una muestra en honor a un poeta español que acababa de morir en Francia (a pesar de que había nacido en Cádiz, España) y que no había sido muy famoso en Colombia ("su obra, en realidad, no se conoció aquí") pero que tenía un grupo de amigos que habían pedido una sala del museo para hacerle un homenaje. Y fue así como conocí a Carlos Edmundo de Ory, hijo del principal representante del postismo, y que Luis Eduardo Aute pinta como un hombre para el que el mundo tenía sentido sólo a partir del amor.
Todavía no había decidido si ir a visitar (como se visita a los amigos) la colección de arte del Banco de la República otra vez, ir a ver las monjas coronadas, el cuadro tiernísimo del apocalípsis y la perturbadoramente hermosa pieza de las sombras en las cortinas de baño, o ir al Museo del Oro. Me decidí por el primero. Aunque no realmente, es decir, iba en camino a visitar a mis monjitas cuando me di cuenta que había un ala del museo que no había visto la primera vez y ahí, la exposición de León Ferrari. Amor a primera vista. Amor profundo y absoluto y eterno (e inolvidable). No voy a hablar de Ferrari porque no soy crítica de arte y cuando hablo de arte, puros clichés terminan saliendo de mi boca (y de mis dedos) y, sin duda, Ferrari no se merece eso. Sólo puedo decir que me encantó, me maravilló, me hizo reir (como gesto de complicidad), me sorprendió y lo amé.
Por si eso fuera poco, del museo siguió un tamal (de esos de masa de garbanzo que tienen una pierna de pollo adentro) y un jugo de lulo, un recorrido por el mercado de las pulgas y un saco de mezclilla a un precio ridículamente bajo, un par de pasabocas de bocadillo (panecitos rellenos de un tipo de ate blandito) y helado de queso con bocadillo.
Happiness... happiness is a warm gun, yes it is.

Cinco piezas de Ferrari
:D nena, qué linda reconciliada! ahora salgo a intentar la mía jajajaj! bueno, ya lo vengo haciendo de otro modo, encerrada y ante la compu, admito, pero encontrando "joyitas" para mi tesis y mi propia salud mental ajjaja: "ecopsychology" de un tal theodor reszok... me divorcio de giddens, este es mi nuevo hombre de la ciencia social. ya son las 6.30, me aventuro afuera, seguro ya no está tan gasho. besoooo!!!
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