lunes, 12 de diciembre de 2011

El idioma de los colombianos II.

Hace unos días mi primo vino del DF a Bogotá; salimos, nos tomamos unas cervezas y platicamos, entre otras cosas, de Colombia, los colombianos y el idioma de los colombianos. Desde ese día he estado dándole vueltas a las palabras y expresiones que me siguen dando risa, las que me causan algún conflicto y las que, definitivamente, me niego a usar.

Vestido: en México, un vestido es una prenda que, a riesgo de sonar heteronormativa (ja), usan las mujeres y que consiste en algo así como una falda pegada a una blusa. En Colombia un vestido es un traje, es decir, un saco*, un pantalón y, si la cosa es muy elegantiosa, un chaleco. En realidad, creo que a los vestidos también les dicen vestidos (y los trajes de baño acá son vestidos de baño), lo que me intriga en realidad es cómo distinguen en la frase "ese señor se puso un vestido y salió a la calle" si el hombre se puso su uniforme de oficinista-funcionario-hombre decente o si es como Simón y acompaña el conjunto con un carterón.

*Hay que aclarar, además, que para los colombianos un saco es en realidad un sweater.

Plática: aquí la gente conversa, no platica. Aquí la gente no tiene su lanita abajo del colchón, sino su platica. Los problemas que la anterior distinción puede generar son los siguientes: cada vez que digo que alguien me sacó plática, la reputación de esa persona queda en duda pues mi interlocutor entiende que me sacó platica, o sea, que me bajó una lana. Otra cosa parecida pasa con hablar y llamar: el otro día novio me dijo "me hablaron de un restaurante argentino", yo no entendía porque había recibido una llamada telefónica de un restaurante, que es lo que para mí significa que alguien te hable, y no, resulta que, mientras conversaba, alguien le había hablado acerca de los choripanes de frente a la Javeriana.

A pesar de que amo profundamente las papelerías, hacerlo aquí es complicado: las plumas son esferos, los lapiceros, portaminas y desconozco si los lápices tienen algún nombre extraño.

Finalmente, las dos palabras que más han marcado mi estancia en Colombia: citófono y datáfono. Y las odio ambas porque me parecen un chiste que la gente cuenta mientras te mira seriamente, porque me recuerdan al zapatófono del agente 86 y, sobre todo, las odio porque las tengo que usar.

No hay comentarios:

Publicar un comentario