lunes, 11 de julio de 2011

El cumpleañero.


Las cosas buenas vienen en paquete (las malas también, pero de esas ya he hablado mucho), incluídos los cumpleaños de la gente adorable. Hace un par de semanas escribí un post para festejar el cumpleaños de mi Linduñis y celebrar mi amor por ella, ahora toca el turno de festejar al hombre que, en buena medida, ha hecho posible ese amor, al que por esa y muchas, muchísimas razones más amo con todo mi corazón: mi hermano.

A nosotros no nos unen pleitos por el turno para el baño o disputas por el asiento de enfrente. De cuando eramos chicos recuerdo un bote lleno de GI Joes y el sonido de la pistola del nintendo al dispararle a los patos, una foto de él con lentes y su copete.

Después, las pláticas sentados en una banca afuera del departamento de historia en la Uni mientras mi mamá daba clases, sus tenis y los encuentros casuales: él y su cámara.

Una vez me pidió raite para ir a comprar unas naranjas al mercado número dos para unas fotos que tenía que tomar. El mercado estaba cerrado y aunque después conseguimos las naranjas no funcionaron como el quería. Pero yo fui feliz. Me encantaba que él fuera mi hermano.

Una vez nos sentamos en el cofre de un coche y vimos las estrellas. Otra vez caminamos por Bellas Artes en la madrugada y entramos a un congal de quinta en Garibaldi.

Algunos de los mejores momentos de mi vida han sido él, mi papá, una hielera y kilos y kilos de carnitas.

Cuando pienso en imágenes, pienso en él. Cuando pienso en amor, entrega y dedicación, pienso en él. Cuando pienso en los años por venir y en las cosas que haremos y las personas que seremos, soy feliz porque sé que en algún porche, alrededor de alguna mesa o sentados sobre botes de pintura, estaremos los dos siendo muy hermanos.

¡Salud, como dijo mi papá, por eso de vivir los sueños!

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