El congreso marcará el fin del verano, la vuelta definitiva a la rutina, mucha mucha menos tele y más corrección de trabajos ("oración muy larga", "idea poco clara", "mejorar la redacción"), más teoría (Benjamin y cómo los teóricos literarios del XX han leído el Ulises) y, sobre todo, especialmente, importante y muy muy felizmente más Club de la Arepa.
Estos meses de vacaciones tenía planeado convertirme en un ratón de hemeroteca, urgar entre las maravillas de los periódicos del XIX y avanzar mucho mucho en mi tesis. Sin embargo, pasé la primera mitad del verano deprimida -encerrada y amarguetas- y la segunda feliz de la vida -emocionadísima y de vaga todo el tiempo...
El Club tuvo mucho que ver con los segundo.
El Club y el seminario, las semillas que sembró el seminario.
Cuando regrese de Colombianistas regresaré a un Club con nuevos y maravillosos miembros, un Club que ha mutado y del que ha surgido el grupo que velará por nuestros "derechos" laborales, el Sindicato Peronista de Asistentes Graduados de la Universidad de los Andes, un oxímoron cuyos estatutos serán redactados por el compañero peronista en los próximos meses.
Por ahora, me esperan días de escritura académica, de planeación de clases, de taquiza con el Club y, espero, días llenos de esponjado de maracuyá.
PD... además, este verano aprendí el más maravilloso y mi favorito de todos los colombianismos: churro, o, para ser más precisa: (la palabra que más me emociona últimamente) churra.
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