domingo, 1 de enero de 2012

Del año nuevo.

Nunca había pasado año nuevo fuera de casa. Sí, ya sé que, técnicamente, he pasado año nuevo en una casa en la playa y en una cabaña en la nieve, claramente ninguna de las dos mías. Pero ambas eran casas, casas con cocina, sala y comedor, casas en las que cocinábamos la cena de año nuevo y casas en las que dormíamos poco después de cenar.

Este año fuimos a un pueblo. Rentamos un coche, reservamos un cuarto de hotel y salimos, la happy family y yo, rumbo a la vacación de la vacación. Y fue espectacular. Fue espectacular porque, a pesar de que debajo de mi almohada había un bicho y la ventana del baño no cerraba muy bien, fue un festejo de año nuevo muy mío. Este año no hice ninguna de las cosas que durante años fueron parte de la "tradición": no comí uvas ni tomé cidra, no rompí un plato para deshacerme del pasado ni usé chones rojos para el amor ni amarillos para la suerte. En cambio, esperé, junto con mi prima, tomando un whisky en una banca de la plaza, que fuera hora para cenar.

Después de la cena, los fuegos artificiales. Y bueno, ¿qué puede venir después de media hora de luces de colores cayendo del cielo? Felicidad, presagios de felicidad, felicidad como recompensa, felicidad y nada más que felicidad.

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