miércoles, 11 de enero de 2012

De los trámites (cuando son amigables y de ellos salen cosas buenas).

Hace un año y un día entregué los papeles para mi primera visa colombiana. La visa que no servía porque era de estudiante y no de trabajador, que tenía una duración de diecisiete días y que decía que venía a la Universidad de los Andres (así, sin tilde, para acabarla de amolar).
Hoy, en cambio, ha sido un día maravilloso de trámites:
- Me levanté a las seis con el canto de un gallo. Nunca había escuchado un gallo en Bogotá.
- Llegué al Ministerio y había dos colas: una larguísima para pasaportes y una de menos de diez personas para visas.
- Subí en un elevador que parecía un chiste: iban un alemán, un chino, una española y una mexicana.
- Fui atendida por un hombre simpático que notó el detalle del "Andres" y se rió (en lugar de comenzar a indagar sobre la veracidad de mis datos y la nobleza de mis intenciones).
- Recibí una visa. Bueno, la señorita Lincón recibió una visa.
- La señorita Licón regresó a decir que le sobraba una "n". Pegaron una hojita con una nota aclaratoria en la visa y volví a salir.
- Aproveché para ir a renovar la cédula de extranjería y agradecí que ellos también estuvieran de acuerdo en que era poco probable que en un año hubiera cambiado mi tipo de sangre y que no me pidieran análisis otra vez.
- Me equivoqué y no fui al banco que estaba a dos cuadras donde me dijeron que pagara sino que caminé y caminé y caminé y, además de otra sucursal, encontré una licorería en la que venden tequila, whisky,cachaza y champaña a los mejores precios de la ciudad. 
Recibí de nuevo mi visa y la promesa de que en veinte días tendré una nueva cédula.
Y como soy una persona muy positiva, en lugar de pensar que qué mamera que dentro de seis meses tendré que estar haciendo todo esto nuevamente, pienso que, yeeeiii, para el próximo semestre tendré cédula con foto nueva.

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