lunes, 15 de agosto de 2011

Happy me-day...

Me siento como ratita de laboratorio tratando de decidir qué camino tomar, ratita de laboratorio on speed, además, pensando -como seguro deben pensar- "¡sí!, ¡por allá! Ese túnel se ve interesante", "¡no!, ¡ya sé! El pasillo de la izquierda", "no, bueno... el túnel", "uy, podría ir por debajo", y así, tratando de decidir cómo decir todo lo que quiero decir hoy, decidiéndome por una metáfora o una cursiexplicación que sea lo suficientemente maravillosa y simpática para decir lo emocionada y feliz que estoy.

Hoy es un día muy especial para mí, hoy, día (o al menos, celebración) de la Asunción de la Vírgen María en estas tierras, se cumple un año de mi L day... el día que (sí, sí, ya lo he dicho varias veces aquí) tomé la desición más fuerte y más importante de mi vida.

Empecé el día más o menos a la misma hora que hace un año pero, a diferencia de aquel, al despertar no sentía -como dice mi querido Ed.- como que había dormido con un muerto sobre el pecho. Hoy me desperté con la sonrisa pegada a la boca, como calcomanía, los deditos de los pies encogidos y unas ganas tremendas de escuchar a Plastilina Mosh.

Mientras me bañaba (y escuchaba a Plastilina Mosh) se me ocurrió que la vida es como un regaderazo: al principio el agua está tibia pero como el recuerdo de la temperatura del agua está lejos, crees que está caliente, después, la presión disminuye, el gas se acaba y el agua sale fría. Uno puede, entonces, cerrar la llave, salir medio enjabonado y muy encabronado pensando que sólo a uno le pasan esas cosas y condenarse a un día de refunfuños. Por otra parte, uno puede esperar, asumir que sí, está fría, pero por peores cosas ha pasado que un baño con agua fría, y es entonces cuando ocurre el milagro: el agua se va calentando poco a poco hasta llegar al punto perfecto-para-pelar-pollos que tanto le gusta.

Hace un año no hubo regaderazo, hubo, en cambio, el mar a las siete de la mañana, el vaivén de las olas y yo aferrándome tan fuerte a algo que lo único que podía pasar era que el hilo que me unía a eso se rompiera. Y se rompió. O lo rompí. Él hizo el primer corte y de ahí en adelante cada milímetro de mí se encargó de separar y reconstruir. Ese día viajé por la carretera, comí en un restaurante donde los mariachis cantaron todas las de dolor y despecho por la que se fue, mandé un abstract para un congreso y reventé globos con agua en las espaldas de mis primos. Lloré mucho también, lloré atacada y tranquilamente... lloré al día siguiente, tal vez un día más y me sentí libre, sentí que por primera vez en muchos años podía sentir lo que yo quisiera, pensar lo que yo quisiera, podía dejar de sentirme culpable por no ser lo que no era, podía pasar el día entero tirada en mi cama llorando si quería, pero, la maravilla consistía en que ya no quería.

Doce gloriosos meses después y varios miles de kilómetros más al sur escribo esto porque sé que es importante recordar, llevar el dolor con orgullo porque gracias a él hoy soy la literata, maestra, amiga, novia que quiero ser. Escribo esto porque me sigue sorprendiendo ese momento de iluminación en el que sin tener idea que pasaría después, dije que no y, sobre todo, escribo esto porque creo que me merezco un happy happy me-day.


No hay comentarios:

Publicar un comentario