jueves, 11 de agosto de 2011

Hablar de cosas lindas

a veces me cuestra trabajo, cuando no es artificio. Me cuesta decir, de verdad, que soy muy feliz y que no he escrito mucho porque me parece demasiado cursi, incluso para mí, hablar de las maripositas en la panza y de los dedos de los pies encogidos de emoción.

Tampoco he escrito mucho porque puedo hablar. No necesito grandes metáforas, ni citas de libros ni de canciones para decir lo que siento: no tengo que guardar la compostura y hacer como que la vida me pasa fría y calculadoramente, puedo ser tan yo cómo nunca había sido estando con alguien.

Y aunque soy una firme convencida de que sentirse como piltrafa resulta en "mejores ideas literarias" que lo que sale de un corazoncito feliz, prefiero decepcionar al lector, ahora que las frases profundas e ingeniosas se fueron junto con las galletas de animalitos con las que me cortaba las venas.

El no ser escritora sino una común y silvestre latinoamericanista en Bogotá, trabajando género y nación en el XIX y viviendo en un apartamento desde cuyas ventanas se ven los árboles y los ladrillos rojos que hacen la ciudad, me da la prerrogativa de ser cursi y ordinaria y decir que tengo un hombre maravilloso. Y si este blog dice algo de mí, también algo ha de decir de ese hombre que entre jelly beans y pugnas entre el formalismo ruso y los estudios culturales me pregunta si no me da vergüenza ser tan churra, y al que le respondo que no, que no me da...

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