Tengo dos excusas. La primera es cursi y no tiene nada que ver con este blog: ahora paso buena parte de mi "tiempo libre" (un estudiante de postgrado no tiene tiempo libre, siempre pudiera estar leyendo algo más...) arrunchada (colombianismo para acurrucada) con un hombre maravilloso que me hace reir como nadie y a quien amo. Picarle la panza, hacer corajes por cosas que en el fondo no tienen nada que ver con nosotros y compartir la mesa (o los platos en el piso de la sala, a falta de mesa) con él es lo que ocupa la parte de mi tiempo que no ocupa Soledad Acosta, los textos argumentativos de los alumnos y la teoría literaria.
La segunda excusa es más política. El último post anunciaba lo que, para mí, iba a ser un acto profundamente emotivo: la celebración del grito de independencia en una tierra lejana. Dejé a un lado mis conflictos partidistas y decidí participar del acto oficial porque creí que en un momento tan simbólico la "comunión" del "espíritu nacional" sería más fuerte que todo. Y no. Y no es que no haya sido más fuerte, es que no hubo tal. Me cambiaron la fiesta patria que estaba esperando (y a la que fui requerida en traje de coctel) por una "Expo-tu-México" en la que regalaron botes de palomitas de Cinépolis y el grito vino después de un sentido agradecimiento a Coca-Cola por patrocinar el evento.
Estuve muy enojada. Estuve muy enojada y sentí que tenía que escribir algo que supiera explicar exactamente qué de esa bolsa con muestras gratis de tortillas de maíz Bimbo me parecía tan denigrante. Y pasó el tiempo. Y la frase inicial de ese post no se me ocurría, y seguía pasando el tiempo y el enojo (el enojo y no la indignación) pasó.
La verdad pensé que tal vez nunca volvería a escribir aquí.
Hoy es día de Muertos (¿Día de Muertos? ¿día de muertos?), mi segundo fuera de México, mi primero en un país en el que no hay cempasúchil (mi altar en Tucson tenía dos hermosas macetas de cempasúchil a sus pies). Para mí este día siempre ha sido algo muy mío, algo muy de mi familia, algo... muy de mi país.
Esta mañana comenzó el simposio "Redes, alianzas y afinidades. La escritura de mujeres en América Latina en los siglos XIX y XX". Este simposio me hace muy feliz no sólo porque presentaré ponencia el viernes sino porque puedo ayudarle a la organizadora, mi adorada directora de tesis, haciendo una de las cosas que más me gustan: estar rodeada de gente con la que tengo cosas en común y a la que puedo serle útil con cosas que a mí me hacen muy feliz como acompañar a alguien del hotel a la universidad.
Aquel 15 de septiembre tenía la ilusión de compartir algo que era muy importante para mí con unas personas para las cuales creí que también sería importante por, bueno, por ser mexicanos. Hoy pasé el día entero entre colombianos, chilenas y gringas hablando y escuchando sobre y a mujeres que escriben y que leen y que le echan el arroz al ajiaco.
Y la lección y lo que me llevó a escribir acá de nuevo es la idea de que uno tiene que aprender a compartir y a darse con aquellos con los que uno elige tejer redes, alianzas y afinidades, sin importar colores, sabores ni actas de nacimiento.
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