martes, 13 de septiembre de 2011

De las fiestas patrias.

Los colombianos, al menos los colombianos que conozco, tienen una relación extraña con "su patria". No es que los mexicanos no tengamos una relación ambivalente con lo que llamamos y con lo que se supone que es lo nacional, pero creo que la diferencia principal está en que para nosotros una cosa es ser patriotas y otra ser patrioteros, pero a la hora de la hora somos ambas. Ya sea que seamos críticos y nos sintamos ajenos al hímno  y al águila parada en el nopal pero que encontremos el sentido de nuestra pertenencia a la comunidad imaginada en el pozole y las enchiladas, en los adornos de colores y en los fuegos artificiales del 15, en los bigotes falsos y los sombreros exagerados (que además, no son historically accurate porque son de revolucionario y no de independentista), o bien sea que nos parezca ridículo y vergonzoso que las señoras bien se pongan faldas verde, blanco y rojo con el escudo al centro, trenzas de estambre y rebozos comprados en tienda de disfraces pero que reconozcamos que parte integral de nuestra identidad como sujetos y actores tiene que ver con los procesos históricos, sociales y políticos de nuestro país.

Patriotas y patrioteros y ambos a la vez. Críticos del sistema y de los comportamientos naturalizados que disfrutan la llegada del mariachi en la quinceañera y que a las dos de la mañana piden los chilaquiles o fieles seguidores de la banda más indie escandinava que opinan que no es navidad si no hay menudo o que la vida no se disfruta igual lejos de la tierra de los dogos y la tecate.

Y no es sólo la comida (aunque sin duda alguna la comida nos une y nos identifica, nos hace más amigos y nos hace que querramos más al que le queda mejor la carne asada o al que hace los mejores chiles en nogada), ese sentido de lo nacional está también en la opinión que tenemos de nosotros mismos. Creo firmemente que, por sobre todas las cosas, los mexicanos sentimos que somos bien buena onda y sí, que somos bien chingones, pero porque somos bien buena onda. Porque si estamos jodidos nos empachangamos porque ya vendrán tiempos mejores, porque a la madrecita, al jefe y a los compas por sobre todas las cosas, porque siempre se le puede echar más agua a los frijoles (sin tilde), porque podemos arreglar un motor con un chicle, porque nos reímos de la muerte y porque no importa si son o no ciertas esas cosas, lo que cuenta es que nos sentimos orgullosos de ellas.

En mi repertorio de celebraciones patrias hay botellas de plástico de una bebida llamada Cañardiente, political statements en el Zócalo, cenas familiares, sombreros de princesa con diamantina verdeblancayroja y muchos fuegos artificiales. Este año, en lugar de huipil o de playera amarillla me pondré zapatos de tacón y vestido de coctel e iré a un hotel en la calle 100 en donde, además de conocer por primera vez en lo que va de mi estancia en Colombia a otros mexicanos, exploraré otras formas de mi ser nacional patriota y patriotero.

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