Hubo muchas lecciones en los tres días del congreso de Redes: aprendí sobre el uso del humor como herramienta de transgresión en la poesía de las publicaciones periódicas del XIX mexicano, aprendí el valor de la correspondencia como material de investigación y aprendí que la categoría "diario de viaje" puede serme útil para mi trabajo de Soledad. Aprendí cosas sobre Gabriela Mistral, Marbel Moreno y Montserrat Ordóñez.
Aprendí también que los pastelitos gloria del Oma saben demasiado a masita cruda y que el relleno de bocadillo (aka "ate") en trozo no es tan rico como el que abarca todo el huequito. Aprendí que amo el ajiaco (el más típico de los platos típicos bogotanos) porque si es un buen ajiaco y si uno le echa el arroz dentro (como debe de ser) termina siendo una sopa que parece comida para perro, la cual, antes de que comience a herir susceptibilidades, es mi consistencia gastronómica favorita.
Sin embargo, lo más importante que aprendí durante esos días maravillosos fue que la amistad puede ser una herramienta teórica, que las redes entre las que nos movemos artística y académicamente se basan en el amor y la solidaridad que unos une. Aprendí que es importante dejar de pensar que la amistad femenina es "cosa de viejas" y que en cambio, esas alianzas son las que nos permiten construir puentes, proyectos, libros...
Aprendí que el mejor camino en esto es hacer un statement y repetir dichosa y comprometidamente: yo te leo, tú me lees, nosotras nos comentamos.
Améntotal a tú última frase
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