Tengo amigos que se enojan conmigo cada vez que digo que soy una doña y que ahora hago cosas de doñas y que qué necesidad tengo de estar fuera de mi casa un sábado en la madrugada teniendo tan buena cama y siendo Netflix tan divertido.
Pero aunque se enojen sí soy una doña, aunque siempre ha habido matices a mi doñez: cuando uno de mis amigos más queridos de la vida se fue de Bogotá la fiesta terminó a las 7 de la mañana del día siguiente, en una estación de Transmilenio mientras esperábamos un bus para ir a una pandería a comer tamales mientras yo insistía en que, aprovechando que estábamos ahí nomas, enfrentito, fuéramos al panteón a visitar a Chole. Baste decir que no fuimos y que los tamales estuvieron buenísimos.
Este fin de semana me di cuenta de que no se trata de si soy o no capaz de enfiestarme hasta que salga el sol, sino de que soy la primera en la fila cuando una fiesta no es solo una fiesta. Soy la más apuntada para las celebraciones de mis amigos y la más entusiasta del mundo cuando algo just makes sense for me...
¿Salir por que es viernes? No, gracias. No tengo 19 ni creo que si me quedo en mi casa algo maravilloso va a pasar y yo me lo voy a perder. Y sí, yo sé que esta es la conclusión a la que han llegado el 80% de las listas de Buzzfeed que, de forma simpática y mira-qué-tan-bien-te-conozco le dicen a nuestra generación que ya no estamos para esos trotes.
Pero en este caso particular hay otro detalle que importa.
En mi vida en Bogotá tengo muy claro "a qué salgo": los cumpleaños de Chris, Sofía, Natha, Vigild, Félix y Pado, las despedidas y bienvenidas del Negro y Lor, las visitas de Kari y Farouk, el fin del semestre, el último coloquio de posgrado, algún concierto y ya. Sé que salgo los domingos a la ciclovía con mi novio y vamos al cine al menos una vez por semana (usualmente a ver películas de superéroes y explosiones).
Y eso está perfectamente bien. De repente nos deschongamos y hacemos cosas aventuradas y exóticas como jugar tejo (chicos: los amo, sigue siendo el mejor plan ever, atte. la jugadora más constante que nunca hizo mecha). Porque la doñez no solo tiene que ver con salir después de las nueve de la noche sino con pensar que el mejor lugar del mundo es el sillón de tu sala.
Pero, ¿y cuando uno está a más de ocho mil kilómetros en una de las ciudades más-emocionantes-aquí-hay-todo-lo-que-buscas del mundo?
Cuando recién llegué acá la gente me decía que disfrutara mucho la ciudad. Mis profesoras insistían en que, sí, leyera mucho y estudiara mucho y trabajara mucho pero que no me fuera a perder de la ciudad y que aprovechara todo lo que ella me ofrecía. ¿Pero qué es todo? ¿Uno por dónde empieza? ¿Eso cómo se planea? ¿Cómo se traza una ruta para disfrutar un lugar?
Probablemente la solución es obvia. Claro, está la lista de lugares imperdibles, los museos, las plazas, el fish & chips, pero eso no implica necesariamente disfrutar la ciudad. Disfrutar la ciudad implica, ahora lo sé, hacer las cosas que a uno le gustan pero en una versión ligeramente distinta a lo que está acostumbrado. Por ejemplo, beber cerveza mientras escuchas a Camilo Lara, a Chetes o a Toy Selectah pero en lugar de estar en la sala de tu casa estás en el Barbican y en lugar de ponerlos en Youtube los estás viendo en vivo.
Y no es por presumir sobre lo increíblemente hermoso que fue el concierto de Mexrrissey y lo increíblemente espectacular que estuvo el "after" (en el que H. y yo brincamos y coreamos la mezcla popera-cumbianchera-Colombia-meets-Monterrey) sino porque, como diría mi mamá, ese es mi mero mole.
Y ahora sé que de eso se trata disfrutar y aprovechar Londres, de encontrar mi mero mole en esta ciudad, así eso implique ir a ver a un grupo de mexicanos (la mitad de ellos, además, norteños) en lugar de ver a Noel Gallagher o decidir que el musical que quiero ver no es Billy Eliot sino una adaptación de Mujeres al borde de un ataque de nervios (sí, la película de Almodóvar, en versión musical, en inglés) o, por ejemplo, probar todos los sabores de sandwiches que venden en el mini súper de la esquina en lugar de una comer alguna cosa muy artesanal o muy típica (además, ¿qué puede ser más tipicamente británico que que todos los sandwiches tengan pepino?).
Pero en este caso particular hay otro detalle que importa.
En mi vida en Bogotá tengo muy claro "a qué salgo": los cumpleaños de Chris, Sofía, Natha, Vigild, Félix y Pado, las despedidas y bienvenidas del Negro y Lor, las visitas de Kari y Farouk, el fin del semestre, el último coloquio de posgrado, algún concierto y ya. Sé que salgo los domingos a la ciclovía con mi novio y vamos al cine al menos una vez por semana (usualmente a ver películas de superéroes y explosiones).
Y eso está perfectamente bien. De repente nos deschongamos y hacemos cosas aventuradas y exóticas como jugar tejo (chicos: los amo, sigue siendo el mejor plan ever, atte. la jugadora más constante que nunca hizo mecha). Porque la doñez no solo tiene que ver con salir después de las nueve de la noche sino con pensar que el mejor lugar del mundo es el sillón de tu sala.
Pero, ¿y cuando uno está a más de ocho mil kilómetros en una de las ciudades más-emocionantes-aquí-hay-todo-lo-que-buscas del mundo?
Cuando recién llegué acá la gente me decía que disfrutara mucho la ciudad. Mis profesoras insistían en que, sí, leyera mucho y estudiara mucho y trabajara mucho pero que no me fuera a perder de la ciudad y que aprovechara todo lo que ella me ofrecía. ¿Pero qué es todo? ¿Uno por dónde empieza? ¿Eso cómo se planea? ¿Cómo se traza una ruta para disfrutar un lugar?
Probablemente la solución es obvia. Claro, está la lista de lugares imperdibles, los museos, las plazas, el fish & chips, pero eso no implica necesariamente disfrutar la ciudad. Disfrutar la ciudad implica, ahora lo sé, hacer las cosas que a uno le gustan pero en una versión ligeramente distinta a lo que está acostumbrado. Por ejemplo, beber cerveza mientras escuchas a Camilo Lara, a Chetes o a Toy Selectah pero en lugar de estar en la sala de tu casa estás en el Barbican y en lugar de ponerlos en Youtube los estás viendo en vivo.
Y no es por presumir sobre lo increíblemente hermoso que fue el concierto de Mexrrissey y lo increíblemente espectacular que estuvo el "after" (en el que H. y yo brincamos y coreamos la mezcla popera-cumbianchera-Colombia-meets-Monterrey) sino porque, como diría mi mamá, ese es mi mero mole.
Y ahora sé que de eso se trata disfrutar y aprovechar Londres, de encontrar mi mero mole en esta ciudad, así eso implique ir a ver a un grupo de mexicanos (la mitad de ellos, además, norteños) en lugar de ver a Noel Gallagher o decidir que el musical que quiero ver no es Billy Eliot sino una adaptación de Mujeres al borde de un ataque de nervios (sí, la película de Almodóvar, en versión musical, en inglés) o, por ejemplo, probar todos los sabores de sandwiches que venden en el mini súper de la esquina en lugar de una comer alguna cosa muy artesanal o muy típica (además, ¿qué puede ser más tipicamente británico que que todos los sandwiches tengan pepino?).
No hay comentarios:
Publicar un comentario