Cuando, hace poco T. decía que la música se había vuelto
importante en su vida, que pasó de ser una cosa que estaba ahí, así, de fondo,
a ser algo fundamental, yo no quise verme bien acople y decirle que a mí me
había pasado lo mismo.
Bueno, no sé si sea justo hablar de cosas fundamentales,
algunos de los años más divertidos de mi vida (cof, cof, cof) los pasé junto a
personas cuyos días de verdad estarían vacíos sin la música. Pero no, yo no, y
prueba de ello es que del repertorio de T. no solo no conocía ninguna canción
sino que hasta pensé que probablemente nunca había escuchado algo de ese “género”
(¿todavía se usan los géneros?).
Salvo un no-muy-largo-periodo en la adolescencia en el que el
plan más cool implicaba tirarme en la cama a sentirme muy, muy triste y
conmovida mientras pensaba que la letra de esa canción era justo como mi vida (y,
truth be told, incluso en ese entonces la escena profundamente dramática se
veía interrumpida porque me parecía raro estar viendo al techo sin hacer nada,
porque sí, shame on me, escuchar música no implicaba estar haciendo algo) la
música siempre fue música de fondo.
Y de repente todo cambió. No, no es cierto, no hay epifanías
ni revelaciones en este post… de repente solo me di cuenta de que, como todo,
la música tenía que encontrar su lugar en mi vida, el lugar en el que era
imprescindible (porque, once again shame on me la música podía no estar,
incluso, en una fiesta, siempre y cuando entendamos por fiesta cuatro o cinco
personas acompañadas de una o más botellas). Y ese lugar resultaron ser las
calles. Y sí, casualmente, las calles londinenses, pero no porque las calles
londinenses tengan propiedades mágico-maravillosas que hubieran despertado en
mí el… nah… no, porque las calles londinenses me obligan a caminar.
Sin coche y sin un presupuesto como el de Sherlock Holmes (quien
en la serie de la BBC da cuenta de la resolución de hacer algo tomando un taxi,
cosa que ocurre, al menos, seis veces por capítulo) en esta ciudad tengo que
caminar. Caminar de mi casa al metro, pasar cuatro estaciones, cambiar a la Central
line, pasar otras tres estaciones, llegar a Mile End, caminar otras tres o
cuatro cuadras y listo. También tengo que caminar cuando voy al súper, cuando
voy de shopping o cuando regreso de tomarme una cerveza. Tengo que caminar de
la estación de buses o de trenes cuando salgo de Londres (bueno, no desde la
estación hasta mi casa, solo caminar de regreso desde algún punto cercano para
llegar a mi casa). En otras palabras, todos los trayectos, todas las rutas y
todos los planes de mi vida en Londres empiezan y terminan conmigo caminando.
Y durante ese tiempo de caminar –que es distinto al tiempo
de pasear, ese (léase con tono de intelectual de cantina) tiene su propia
música (ahora levántese la ceja) la música de la ciudad– voy escuchando música.
Y lo más chévere de todo esto es que me he dado cuenta de lo importante que
puede ser, no la música en general, sino una canción en un determinado momento,
como, por ejemplo, la primera vez que estando en la estación de Liverpool
Street sonó una canción de los Beatles (la primera fue "In my life", la segunda, "If I need someone", y juro que yo no la puse y juro que el porcentaje de
canciones de los Beatles en mi teléfono no es tanto como para que eso no sea
una feliz y sorprendente coincidencia). O las veces que han sonado canciones de
la Maldita y he pensado en cuantas veces la Maldita ha sonado en los audífonos
de alguien en los pasillos del metro, incluso, cómo seguro en los noventa los
de la Maldita pasaron por esos mismos pasillos. O también cómo este caminar me
reconcilió con los Fabulosos y ahora regresé al tiempo antes del concierto en
Hermosillo, al tiempo en el que eran generadores de felicidad y no el centro de
una de las experiencias más frustrantes de mi vida. O la vez en la que sonó "Fuego" y sentí que nunca me había sentido tan enormemente feliz, tan
me-estoy-comiendo-el-mundo-feliz.
Y también está el “otro tipo” de veces, las que no tienen
que ver con recuerdos pasados sino las que construyen nuevos. Caminar, y la
siempre generosa colaboración del Erich, me ha permitido descubrir cosas nuevas
que ahora amo con pasión y locura. Mono, gracias a ti la primavera londinense
tiene un gran, graaan soundtrack.
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