lunes, 16 de marzo de 2015

(Un poquito) De todo lo que ha pasado en los últimos meses

Hace unos meses audicioné para Master Chef. Audicioné y, por razones que no vienen al caso ahora (uno de verdad no puede decir todo lo que ha pasado en los últimos meses en un solo post), decidí no presentarme a la última eliminatoria a la que pasé (así que nunca sabremos hasta dónde pude haber llegado y si mi futuro estaba en las pantallas de los realitys colombianos o no).

El caso es que llené formatos más largos de los que he tenido que llenar para pedir becas, reflexioné profunda y convenientemente acerca de mis cualidades y defectos y mandé un video en el que explicaba los últimos pasos para hacer pollo en salsa de pan (el quinto intento de video con el segundo intento de pollo) y listo, me senté a esperar.

A esperar entregada a la angustia. No fue angustia por el temor a que me dijeran que no sino porque... ¿qué iba a hacer si me llamaban? ¿Le iba a decir a mi directora de tesis que me iba a tomar unos meses para salir en la tele? ¿Qué iban a decir mis amigos? ¿Le iba a contar a mi mamá? Además de estas preguntas estaba la otra cosa, de verdad ¿QUÉ-VOY-A-HACER-SI-ME-LLAMAN? O sea, ¿qué-voy-a-cocinar? (Sensación de presión en el pecho).

Mi novio -el que discurrió que todo esto era muy buena idea- sugirió que para entrar en el mood lo mejor sería ver capítulos de otros Master Chefs, esto, obviamente, en lugar de tranquilizarme solo aumentó la angustia: ¿helado de pistache y azafrán, baklava y frituras de higo? ¿Bacalao con chíraros a la menta, habas y panceta? ¿Rubia en curry de coco y mango? ¿Fideos udon fríos con salsa dashi? ¿Magret de pato con puré de nabo, zanahorias baby y chalotes crujientes? ¡¡¡¡¿¿¿Ehhhh???!!!

Master Chef Reino Unido solo trajo más angustia a mi vida: jamás pero jamás podría hacer ese tipo de cosas, o tal vez -y en eso radicaba lo más frustrante de la situación- tal vez sí podría cocinar esos platos pero nunca se me habrían ocurrido. Y no, no se me podían haber ocurrido porque esas cosas no existen en mi cabeza, no hacen parte de mi mundo. Y no existen tampoco en la cabeza de los cincuenta concursantes que sí fueron a la eliminatoria porque ni ellos, ni yo, ni los productores -ni los jueces- crecieron en un lugar como ese.

Entre las críticas más comunes que he escuchado sobre el programa está esa: en las otras versiones del programa "hay mejores cocineros, con más experiencia", lo cual es una forma políticamente correcta de decir que mientras acá hacen encocados los otros rellenan tripas de oveja.

Y sí, es cierto, aquellos hacen postres turcos y  guisados tailandesas y botanas japonesas, y lo hacen porque son turcos y tailandeses y japoneses y aunque no lo sean por herencia, aunque sus antepasados comieran solo fish and chips y sándwiches de pepino, ellos viven en un país en el que junto a las pizzas congeladas en el súper venden dos tipos de sopa marroquí y ocho combinaciones de entradas y platos fuertes de la India "For a perfect night in!"

Y eso cambia, es decir, los vinos de arroz, las pastas de tamarido y los botes de garam masala no te hacen mejor persona (ni más inteligente ni más culto) pero sí marcan tu mundo -como seguramente lo marca crecer viendo las ruinas del Partenón y el busto de Ramses en lugar de carretas y monedas o lo que haya llenado los museos de nuestra infancia.

Hace dos semanas que, como los intelectuales del siglo XIX, llegué a Londres y aunque no sabía muy bien a qué, hoy me doy cuenta de que el sentido de este viaje es andar un camino un poco más grande, uno que, ahora y solo gracias al impulso de mi en-realidad-no-logrado-pero-casi-casi-sí paso por la televisión gastronómica, empieza por recorrer con absoluta devoción humboldtiana los pasillos de cuanto súper se me cruce por enfrente. Así que, bienvenidos a las aventuras de este romance nacional londinense.

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