Hoy es mi no aniversario.
Hoy es mi no aniversario y no pudo haber sido un mejor día.
Bueno, pude haber leído más de lo que leí, pude haberme despertado más temprano o pude no haberme gastado los 30 mil pesos en la botella de vino que compré de camino a mi casa.
Pero no pudo haber sido un mejor día de no aniversario. Hace cinco años... uff... cinco, pasé mi April Fool's Day en un registro civil de Coyoacán. Hace cinco años era otra, con otros sueños y con otros planes, con una diadema de plumita y unos zapatos de tacón que, por supuesto, me lastimaban horrores.
Pero esto no se trata de hace cinco años sino de las cosas maravillosas de hoy y, en cierta medida, de las cosas que han permanecido este tiempo.
Han permanecido los amigos. Hace poco más de un mes volví a estar con tres de las personas que estuvieron conmigo ese día: nos reímos, comimos, bailamos, celebramos y bebimos bacanora como si no hubiera un mañana (y, como los años no pasan en balde, nos despedimos antes de las 12 y nos fuimos a dormir).
Han permanecido también la literatura, las mujeres del siglo XIX y las largas horas de lectura y escritura combinadas con largas horas de televisión.
Ha permanecido el amor. Sobre todo el amor. Solo que ahora tiene otra forma, una más tranquila, menos asfixiante, más propia, más feliz.
Y he permanecido yo. Yo, la que hoy cerró el libro y tomó un taxi para ir a un evento académico, a una presentación de libro/homenaje en la que terminé bailando música del Pacífico colombiano con la gente con la que normalmente me siento a hablar de temas serios y soy muy-intelectual-muy-inteligente.
Y no pudo haber sido mejor porque, con toda la exepcionalidad de la parranda pacífica, esta es mi vida ahora, una vida a kilómetros de donde creí que estaría, con otra gente, con otro color de pelo y con otros ritmos pero con amigos, libros y amor y, especialmente, conmigo. Ah, y con zapatos mucho más cómodos.
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