No sé qué dirá de mí que mis grupos favoritos, así, en la vida, los que siempre quiero escuchar y los que me fascinan como a adolescente, son Plastilina Mosh y el Instituto Mexicano del Sonido.
De verdad. Me encantan. Soy muy, muy fan. Tanto que usaría camisetas (y parches y calcomanías y gorros sino me viera tan absolutamente ridícula con gorro) con sus nombres y haría fila por horas o días para verlos aunque, bueno, eso nunca ha sido necesario. Nadie tiene que hacer fila para verlos.
Sé que hay grandes músicos en el mundo, gente virtuosísima y talentosísima que ha revolucionado la música y probablemente con eso haya cambiado el mundo. Lo sé. Me vale. A mí me gustan Plastilina Mosh y el Instituto Mexicano del Sonido.
Sé también que hay músicos cuyas letras son poesía pura -¿Leonard Cohen, anyone? Y... don't get me wrong, amo a Leonard Cohen y creo que las letras de Santa Sabina son profundas y bellas pero en mi corazón siempre están Katia, Tania, Paulina y la Kim y nunca me siento tan en armonía con el mundo como cuando canto que na-na-na ya-empezó-la-acción ya-llegó-la-Plastilina-Mosh.
Y tal vez todo esto sea solo una forma de hacer algo mientras mi cabeza se rehúsa -conste, es ella, no soy yo- a escribir sobre prensa victoriana pero tal vez tenga que ver con que hace unos días llegó por correo mi boleto para ver a Mexrrissey en el Barbican. Mexrrissey, para todos aquellos a los que no les he contado, es Camilo Lara (a.k.a. el del IMS) tocando canciones de Morrissey. La verdad es que -no importa lo que les haya dicho para tratar de parecer cool- creo que conozco solo una o dos canciones de Morrissey y si estoy profundamente interesada en este (levántese la ceja mientras se lee en voz intelectual) evento-multicultural-que-muestra-cómo-la-música-traspasa-fronteras es porque en realidad tengo la ilusión de ir a mover los hombritos y balancear coquetamente la cabeza de un lado a otro mientras hago como que sí me sé las canciones. Ya les contaré.
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