viernes, 13 de septiembre de 2013

De lo nacional (y las fiestas patrias)

Tengo que confesar que escribo este post como una forma de justificar por qué he decidido sacar las banderas que dicen viva México y ponerme un moño tricolor.

He pasado los últimos cinco años pensando en el nacionalismo. Sí, sí, en el nacionalismo del siglo XIX pero precisamente mi amor por lo decimonónico radica en que, para mí, en él están las bases de gran parte de lo bueno y malo que somos hoy: nuestros problemas y nuestros mayores logros tienen, al menos, una patita en el siglo de los barcos de vapor, los vestidos ampones y las discusiones letradas.

Y he pasado los últimos -casi- tres años viviendo en Colombia y pensando México desde la distancia, no solo geográfica, sino desde la distancia de un país con un proceso de construcción nacional decimonónico aparentemente similar al mexicano (luchas entre liberales y conservadores, constituciones, intentos de modernización) pero con consecuencias y efectos muy distintos: los dos mares y las tres cordilleras, la república unitaria (frente al federalismo), los progresos y las violencias locales han hecho que el nacionalismo colombiano sea algo más parecido a una campaña publicitaria reciente que un proyecto de gestación estatal que (para bien o para mal) funcionó tan bien que ya no necesita al Estado para funcionar.

Pausa.

Conste que no estoy hablando de Colombia. O sea, no estoy hablando de lo que en realidad pasa o deja de pasar, de los políticos y de las políticas (es decir, los programas, no los políticos niñas) sino de la comunidad imaginada que hace que un montón de gente se identifique y se conmueva con un símbolo. Llevo casi tres años pensando que lo que hace que el nacionalismo mexicano funcione es que, sí, gracias a los discursos decimonónicos y a los proyectos postrevolucionarios, hay una comunidad al rededor del verde-blanco-y-rojo, del pozole, de las rancheras y las norteñas e, incluso, del sombrero de charro o del de tachuela. Y la cosa es que esa comunidad no está formada solo por la gente que brinca afuera de un estadio o la que compra bigotes falsos en la esquina de Insurgentes (o la Reforma), la que votó por Peña Nieto y la que ve telenovelas, esa comunidad está formada por mi mamá, investigadora marxista que se pelea con la postcolonialidad y pone las banderitas tricolores en el parabrisas de su coche, por todos los arquelólogos, literatos, historiadores, sociólogos, abogados, músicos, filósofos con los que he comido tamales y tostadas un 15 de septiembre por la noche, por todos mis amigos, abiertos críticos del sistema político, de las reformas a la educación, la hacendaria y la energética con los que alguna vez fui al Zócalo o a la plaza Zaragoza al Grito.

Toda esa gente hoy está discutiendo por qué no hay que ir al grito, por qué no hay que festejar, qué es lo que demostrarles a los presidentes municipales y a los gobernadores, esa gente está discutiendo las implicaciones de que México no vaya al Mundial con un chin-pero-ojalá-que-sirva-de-algo, esa gente, está pensando en el 15 de septiembre y en los festejos de la Independencia de México porque, para esa gente, el nacionalismo -su aceptación, su negación, su pelea con él- es importante.

Para mí es importante.




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