Se siente bonito estar trabajando a las dos de la mañana del domingo-lunes de semana santa. Y sí, es en serio.
Ayer no podía estar más instalada en mi vacation mood on: me puse la pijama desde las seis de la tarde, vi siete capítulos seguidos de House of Cards y le dediqué el tiempo que no le dedicaba desde la secundaria a pintarme las uñas (quedaron divinas, por cierto). Todo esto con la enorme edición de primavera de la In Style junto a la cama -Glamour sigue siendo mi favorita pero esa se lee en el Kindle-.
Pero hoy, o más bien, ayer domingo, después de una comida muy coqueta con la familia de S.P., regresé a mi casa, me volví a poner la pijama y me puse a corregir. Pasé horas cambiando unas palabras por otras, poniendo comas y pensando en cómo lograr el convencimiento a través del orden de las oraciones. Después, terminé, eché chisme vía Facebook y, en lugar de ver Netflix (igual, ya no hay más capítulos de House of Cards), decidí ponerme a trabajar otro poquito.
Y no, no es que haya dicho que hoy-voy-a-cambiar y ni que abandonaré mi puesto de reina de la procrastinación ni que por fin me haya dado cuenta de que prefiero leer a Pérez Galdós que ver cositas de colores brillantes en la tele o en las revistas, no, lo que pasa es que soy la mujer más afortunada del mundo.
Y soy la mujer más afortunada del mundo porque hago algo que me permite ir al cine a las 11 de la noche un lunes, acostarme a las 3 de la mañana un miércoles viendo CSI y platicar con S.P. toda la semana como si fuera viernes. Y sí, eso implica que cuando los vecinos (y hasta los tamboreros de la cancha de enfrente) están durmiendo, a veces, yo estoy escribiendo. Pero es que si toda la semana es fin de semana, bien vale la pena que, a veces, los domingos sean lunes.
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