lunes, 25 de junio de 2012

Socorro


Hacer un recuento general del viaje al Socorro sería una necedad. El post diría por lo menos diez veces "maravilloso" (en singular, plural, masculino y femenino) y sería bastante espantoso de leer de tantos sinónimos de felicidad y tranquilidad. Además, he estado leyendo mucho y eso hace que escribir cosas quesque profundas o divertilindas como las que intento escribir aquí sea más complicado (para frases divertidas e inteligentes los Tres tristes tigres y para tormentos poéticos, Lolita). Entonces, como la necesidad de chisme (aunque sea mío) impide quedarme callada, haré una breve lista de momentos Kodak:

- Last things first: en el camino de regreso, después de esperar hora y media en el terminal a que abrieran el camino para que el bus pudiera pasar el derrumbe de la carretera (espera que no hubiera ocurrido -al menos no parados respirando humo de tractomula- si una llamada de Berlinas no nos hubiera sacado de la casa con los zapatos en la mano con un "ya estamos en la vírgen", o sea, un ya-casi-los-dejamos), en el camino de regreso, Gusi y yo vimos una película cristiana protagonizada por cuatro policías que hacían un juramento (que firmaban en una ceremonia conjunta todos trajeados) en el que se comprometían a ser buenos padres.  Después de dos horas de cultivar nuestro espíritu llegamos a un lugar a cenar. Gusi pidió agua de panela con almojábana y queso. Yo, por seguirle el rollo, pedí lo mismo. Le di tres cucharadas al agua y me comí la almojábana con queso y el ají que -afortunadamente- estaba en la mesa.

- El primer día en el Socorro la plática de horas y horas, literalmente, bajo las estrellas y a la luz de una vela terminó en fiesta vallenata con músicos en vivo (¿las fiestas vallenatas de a dos mil la entrada siempre tendrán musicos en vivo?) con el rolo (no el moniquireño) y la mexicana bailando entre dieciochoañeros. Después, after hipster en el jardín.

- El domingo por la mañana: S.P. y yo tomando cantidades industriales de jugos de frutas en la plaza de mercado. No sé si haya sido el sol, la bulla o esa sensación de felicidad por dentro pero me sentí como en casa.

- El plan tan normalmente anti yo de ir a jugar videojuegos y ping pong (deporte en el que resulté considerablemente más mala de lo que creía). En general, los juegos y las competencias no son lo mío (responsabilicemos a la abuela que siempre me dejó ganar en las damas chinas), a pesar de ello, disfruté participar de los duelos: Gusi derribándome en el box, el Bello derribándome en el box, S.P. derribándome en el box, yo derribando al Bello, yo derribando por unos instantes no significativos para la victoria final pero sí para el ego a S.P. en el box. S.P. anotando 11 punto seguidos en el ping pong real, Bello anotando 11 puntos seguidos. Disfruté el Sabelotodo y verlos estancados en las preguntas de geografía mientras yo tenía en mi poder el quesito que una pregunta del tipo "cuál es la capital de Colombia" me había conseguido. Pero lo que, sin duda, disfruté más fue ganarles en las cartas y el helado con el que me pagaron los tres mil pesos a los que ascendió mi victoria.

Y creo que si hay algo que resume el viaje es eso: el helado. Comimos helado de bola, de chorro, paletas heladas y granizados varios. "¿Heladito?" suena en mi cabeza en las voces de los tres; y después de la pregunta, tres niños y una niña con total y absoluta pinta de turistas en la banca de un parque compartiendo sabores y pensando que esa debía ser la definición de vacación.




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