martes, 5 de junio de 2012

Quiero pasar el resto de mi vida en una universidad

Hoy estuve en una universidad que no es la mía después de un recorrido en el que el taxista me dijo "le agradezco sencillo, vecina; lo más sencillo que pueda" para pedirme que le pagara con cambio. E. me había llevado antes a esa universidad, la suya, y la del Bello, la de la maestra que dice "texto ovárico" (en un (mal) intento de ser no-heteronormativa) y del profesor al que espero ganarme y que me invite a su famoso desayuno amarillo (un desayuno en el que todo, los jugos, la comida, los manteles, son amarillos).

Y aunque lo único que sé de ella es que es más empinada y laberíntica que la mía, tiene el encanto que tienen las universidades, tiene esa sensación de mundo aparte (y sí, eso podría ser un argumento en su contra si estuviéramos discutiendo acerca del carácter aislado del mundo académico, pero como esto se trata de la sensación mágico-cómica-musical de una sono-guacho-rola en su blog, pues nada, mundo aparte it is).

Y me di cuenta que quería pasar el resto de mi vida en una universidad cuando, después de bajar por escaleras y rampas sin saber muy bien por dónde saldría, de repente apareció frente a mi la Séptima, la salida repentina a la calle, y con ella una sensación incontrolable de dddggghhhh.

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