Hace un par de horas caí en cuenta que la manera ideal de no olvidar lo que uno lee es asegurarse que sus amigos sean literatos.
Acabo de terminar Cien años.
La primera vez que lo leí tenía quince o dieciséis. Estaba en la prepa y todas las mañanas dejaba las clases de soldadura para sentarme en afuera del taller a leer. Cuando llegué al último capítulo me di cuenta que eso no podía terminar ahí. Agarré mis cosas y salí a comprar una pepsi de envase retornable y me senté en el árbol (en realidad me senté en la banqueta debajo del árbol) a fumar y terminar de leer, por primera vez, Cien años de Soledad. Con la última frase me invadió una sensación, entre angustiante y fascinante, de no entender cómo el mundo podía seguir siendo igual si había muerto el último de los Aurelianos.
La segunda vez la leí en unas vacaciones cerca del mar. Pasaba los días entre la preparación del desayuno y la comida y leía en una hamaca, en una mecedora o en una litera de techo bajo con el que siempre me pegaba. Esa vez todo era tan familiar que parecía que pasaba las páginas solo para comprobar que lo que recordaba era cierto.
Esta vez comencé a leerlo por un olvido. Le había prometido al Bello y a Sweetie Pie que, mientras estuviera en México, leería la novela de Bogotá y que, al regreso, compartiríamos los chistes y los códigos que se convierten en la explicación de las calles y la gente en una ciudad cuando una novela ha dicho tanto. Y Sin remedio se quedó en el escritorio de mi cuarto, en el apartamento, lejos, lejos. Cuando me di cuenta estaba en el aeropuerto y en lugar de lamentar mi suerte me puse a leer Cien años. No era la novela de Bogotá pero era otra forma de ver al lugar que se ha convertido en mi casa mientras regresaba a mi casa.
Esta vez no solo entendí mejor porque sé de los lugares, las comidas y las mañas. Esta vez, además, entendí mejor porque la lectura estuvo acompañada del asombro con el Bello ante los cuartos infinitos de la muerte de José Arcadio; de la emoción que me provoca poder ser, como Petra lo fue de Madagascar, la reina de la cebolla; de la cantaleta de Fernanda y los planes académicos-recreativos a los que dio origen. Esta vez leer Cien años fue mucho más memorable y divertido porque mientras las Buendía hablaban yo escuchaba la voz de L. diciendo en costeño "ya no te quiero más Pietro Crespi". Esta vez fui más feliz que nunca leyéndola.
Por eso, hace un par de horas cuando la sentencia de las segundas oportunidades llegó, no hubo desconcierto por el fin de la estirpe porque al fin entendí, para regodeo mío y -probablemente- para desgracia de él, que el último de los Aurelianos morirá cuantas veces quiera y sí, el mundo podrá seguir igual, pero bueno, siempre es así.
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