jueves, 23 de febrero de 2012

El then and now...

Cuando llegué al DF me maravillaba todos los días: las manifestaciones públicas de afecto de una pareja cincuentona en el metro o los letreros de los restaurantes que entrecomillaban palabras como poner o limón (favor de "poner" las cáscaras de "limón" en la basura) eran suficientes para hacer mi día.

Luego me enamoré y dejé de recorrer la ciudad. No hubo más desayunos de chilaquiles verdes con La Jornada en el Sanborns de Coyoacán, ni paseos a los museos del centro ni tardes de cerveza en los jardines de la Facultad. Ex no era el compañero ideal para ir por la vida maravillándose y yo perdí el interés en cualquier cosa que no se hiciera de a dos.

Mi vida era algo así como el túnel de la ciencia del metro La raza pero sin fotos de ojos de hormiga y células de maíz: un pasillo largo y oscuro que había que recorrer a toda velocidad para llegar lo más pronto posible a la estación en la que tocaba trasbordar.

Cuando llegué a Bogotá me mataba la luz de la cinco de la tarde por las ventanas del apartamento, el olor a lluvia y los cerros verdes, verdes.

En el poco más de un año que llevo acá han pasado muchísmas cosas, todas maravillosas in their own particular way. Acá -gracias a la convivencia con el bebé más hermoso del mundo- decidí que sí quiero tener hijos cuando acabe el doctorado; acá, saqué 3.5 en una clase y 5 en otra (en sistema colombiano de notas ); me enamoré, me desenamoré y me volví a enamorar; aprendí a usar las palabras "paila", "chimba" y "chévere" y aprendí a combinarlas con mis "no mames" y "ni a putazos". Acá hallé el look que siempre había querido tener, descubrí el vallenato y descubrí que puedo bailarlo. Acá recibí mi primer sueldo de gente grande, acá dicté mi primera clase y acá tengo mi fondo de pensiones. Acá encontré a mi espectacular familia disfuncional, la que me dice "Azu", la que me sigue el rollo, la que toma whisky y come brócoli, la que me hace reír hasta que nos mandan a callar, la que me dice "te quiero" y a la que quiero con todísimo mi corazón. Acá, la vida no sólo me maravilla todos los días sino que, además, me trata muy muy bien.

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