viernes, 17 de febrero de 2012

San Valentín.

Hace un año mi festejo del día de San Valentín consistió en ponerme calcetas rojas, tomarme una foto y subirla a Facebook: Valentine's Day Socks, decía.

Organizar planes valentinescos en una tierra que festeja el día del amor y la amistad en septiembre (y que, ni siquiera en esa fecha hace mucho arguende por ello) me llevó a cuestionar mi relación con el día del santo cuyo vínculo con los chocolates y los enamorados es por todos desconocido.

Sí, el día de San Valentín es muy gringo. Pero, aunque en mi cabeza siempre piense en él como Valentine's Day, el día de los globos y las tarjetas con encaje es tan parte de mi historia como el día de Reyes, la Canderlaria o el día de la bandera. Nadie me acusaría de malinchista vendepatrias por comer rosca el seis de enero por más española que sea la tradición porque, bueno, eso es lo que pasa con las tradiciones, ¿no? Uno se las apropia y dejan de ser de otros para ser nuestras.

Pues eso es para mí el día de San Valentín.

Creo que cuando era chica en los súpers no hacían reacomodos para destinar pasillos enteros a los osos de peluche, las tazas, las camisetas, pijamas, diademas y demás cosas con forma de corazón que ahora inundan los Walmarts y Sorianas de mi tierra. De hecho, me sorprendió encontrar en un cuento de Cristina Pacheco, publicado este fin de semana en el periódico chilango por excelencia, que ella hablaba de aparadores de tiendas departamentales inundados de cupidos.

Y no sé si se deba a la globalización y al TLC, a la modernización y a la entrada de México al "desarrollo", a la pérdida de las costumbres autóctonas o a todas (o ninguna de) las anteriores pero, sin duda, el día de San Valentín se ha vuelto mucho más popular en mi país en los últimos veinte años. Pero, en realidad, eso no me importa.

El día de San Valentín es mío porque todos los 14 de febrero, desde que vivo lejos de ella, llega a mi mail una postal de mi mamá en la que me dice que yo soy su Valentine y la que, invariablemente, me hace llorar. Y porque antes de eso siempre había una flor esperándome en el asiento del coche cuando me iba a recoger de la escuela, unos calcetines con corazones rosas y morados traídos de Tucson, un chango de peluche o una abejita que decía "Bee mine".

Por las "Just 4u Cards" (las tarjetas de cartón corrugado con las que demostraba mi talento para el recorte y pegue y con las que hacía sutiles declaraciones de amor en la secundaria), por la caja de chocolates de Snoopy que me regaló Ex en mi único Valentine's realmente gringo, por los claveles blancos, por el globo de helio que se llamaba Metáfora (y que en aquellas -afortunadamente- lejanas épocas de poeta me parecía una metáfora de mi relación), por todos esos recuerdos rojos y endulzados y, especialmente, por el salmón en salsa de jamaica, la mesa puesta con servilletas de tela, el jazz, el vino y la compañía de este año, no importa a quién le pertenezca, Valentine's Day is the best holyday ever and forever.


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