Siempre he sabido que uno crea su propia burbuja en la que
se hace la ilusión de que la gente con la que convive piensa más o menos como
uno. Y es que conforme va creciendo va depurando su círculo y la
circunstancia pesa menos que la voluntad a la hora de hacer amigos (o de conservarlos). Por eso
siempre me sorprende cuando gente de mi círculo más o menos cercano reacciona
enconadamente ante cosas que, si bien estoy de acuerdo con que pueden generar
polémica, no creo que deban producir tanto odio.
Y listo, que eso me sorprenda y me desconcierte tanto que
pase toda la mañana pensando en eso en lugar de ponerme a leer sobre la crítica
literaria decimonónica es algo que solo a mí me importa. Pero lo que no es solo cosa mía es la forma en la que decido reaccionar ante eso. No sé
si sea por miedo, indiferencia o algo parecido a la superioridad moral pero cuando
la gente que conozco critica con vehemencia (por no decir con odio jarocho)
algo en lo que creo, especialmente cuando sé que sus argumentos están tan
llenos de prejuicios, suelo quedarme callada. En mi cabeza eso se justifica de mil maneras
que van desde la-gente-nunca-cambia y no-tiene-caso hasta pensar que ese no es ni el lugar ni el momento. ¿Pero entonces cuál sí es el lugar y el momento?
Empecemos por resumir el incidente. Una persona a quien yo
respeto inició una campaña en change.com porque la escuela de su hijo lo
suspendió por negarse a cortarse el pelo. El argumento de la escuela es que
solo las niñas pueden llevar el pelo largo y el argumento de los demandantes es
que eso es discriminación por género. Los organismos correspondientes emitieron
recomendaciones que la escuela decidió no acatar. No me voy a meter con las
implicaciones legales porque yo de eso no sé, pero de lo que sí puedo hablar es de las
implicaciones sociales.
Hace varios años, en una clase de maestría, mientras exponía
sobre teoría feminista hablé sobre las diferencias entre el sexo biológico y el
género como construcción social. Uno de mis compañeros respondió indignado
diciendo que si cada quién podía hacer lo que quisiera con respecto a su cuerpo
y los roles asignados “¿a dónde iba a parar la sociedad?” ¿A dónde? Tengo la convicción de que a un lugar
más tolerante, más respetuoso y, en últimas, creo yo, más feliz.
El problema de algunas de las respuestas ante “el pinche
capricho” del “mocoso” y la “ruca culera” es que, tal vez por la
sobreexposición y malinterpretación de cosas como el “bullying” (que no, que
agarren a trancazos a un niño o niña en el salón de clases no es bullying, es
violencia pura y dura) o que Target elimine la distinción de género en la
sección de juguetes (algo que me encanta pero que no deja de ser una estrategia
comercial), creemos que si se trata de algo tan “banal” como el pelo la respuesta es fácil y no tiene implicaciones
simbólicas. O que tal vez sí pero que son exageradas o inventadas y
que, seguro, “hay cosas más importantes” que esas.
Yo no puedo juzgar si es o no un capricho, o si es o no
importante para el niño. El caso es que no importa. Por un lado si la
justificación de la escuela es que “solo las niñas pueden tener el cabello
largo” eso es discriminación, de manual. Por otro, ¿quién nos
autoriza para descalificar las batallas de los demás? Y sobre todo a hacerlo de
una manera tan violenta. Las dos o tres respuestas que leí hoy (y los dos o tres
likes a estas) me asustan.
(El silver lining, hastags como este: #UnidosPorUnGreñero)
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